sábado, 25 de septiembre de 2010

Richard B. Aboot



La verdad es que no sabría por donde empezar. Hace mucho tiempo que intento no pensar en ello, y justo hoy aparece alguien que lo vio todo.

No sé si quiero saber cuál fue el verdadero final. Tampoco sé, si quiero ignorarlo más tiempo, ni si me merezco estar donde estoy. Me gustaría contaros la historia, pero tengo poco tiempo, muy poco tiempo. Así que seré breve.

Ocurrió justo dos días después de mi 18 cumpleaños, hacía un día lo suficientemente radiante como para pensar que nada saldría mal. Uno de esos días en los que crees que los deseos lejanos son más fáciles de cumplir. Pero claro, no todos los días radiantes son tan fantásticos, sobretodo si toda tu vida se ve reducida a un segundo. Y si depende de otra persona.

Mi amigo y yo no teníamos pensado festejar mi día, tampoco es que yo tuviese muchas ganas de hacerlo. Nunca me habían gustado mis cumpleaños.

Nos encontrábamos sentados en la acera de un barrio de chalets que tenían el jardín muy bien cuidado. Estaba lejos de la ciudad, un lugar donde la gente se iba a vivir cuando pensaban tener hijos. Tenía un toque americano. Solo una de las casas destacaba sobre las demás.

Eran todas de un tono blanco sucio con la puerta de madera, y un garaje al lado con un caminito de piedras bien recortadas, para no pisar el césped, que conducía a la puerta de la casa. Ninguna estaba vallada, era un lugar muy tranquilo y apacible como para que la gente desconfiase, además había vigilantes que ayudaban a que la armonía se mantuviese en pie. La única calle que separaba las casas y por donde pasaban los coches solía estar vacía, y en sus bordes estaba completamente lleno de enormes árboles que daban una sombra muy buena en verano. Como aquel día. Porque era verano.

Solo estaba esa casa que destacaba sobre las demás. Más alejada y de tono oscuro, casi negro, con la puerta de una madera gris y comida por el tiempo. Parecía que de un momento a otro se iba a partir en dos dejando al descubierto sus entrañas. El jardín de esa casa estaba completamente muerto, al igual que los árboles que estaban delante de ella. Como si allí no hubiese vida. Pero si que la había. A pesar de que nunca vimos salir a su dueño o dueña, si que percibíamos su sombra tras las ventanas. Muchas leyendas de ese barrio trataban de dicha casa. Pero solo eran leyendas. Yo pensaba que debía vivir un viejo cascarrabias y guarro, que no se preocupaba por nada.

Mi amigo y yo estuvimos sentados allí durante un largo tiempo. Al cavo de un rato llegaron unos niños de unos 7 u 8 años. Se les había colado una pelota en esa casa y tenían miedo de entrar. Me ofrecí a ayudarles.

Durante todo el trayecto hasta la casa mi amigo no paró de preguntarme si pensaba entrar. “Sólo es una casa vieja, además seguro que el viejo no es tan malo y se digna a dejarnos entrar para coger la pelota”, eso fue lo que le dije.

Cuando llegamos llamé. Los niños se quedaron atrás, muy atrás. Tenían miedo. Mi amigo vino conmigo, pero yo sabía que estaba un poco intranquilo y le ofrecí que se quedara con los chavales, pero se negó. No contestó nadie a la llamada aunque la sombra se dejó ver por la ventana. “Oiga, se nos ha colado una pelota, déjenos recogerla y no le molestaremos más”, grité, y aun así no se abrió la puerta.“Ese señor está tan podrido por dentro como su casa. No nos va a dejar pasar porque seguro está loco” susurré. Y entonces, como si la vida me quisiese ahogar en mi propia burla, se abrió la puerta.




Primera declaración de Richard Blair Aboot en el tribunal Supremo de Madrid.”

11.55 am 

Juez: Antonio Fernandez de Torres

Traductor: Ramón Espinosa


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