domingo, 3 de octubre de 2010

II PARTE: Richard B. Aboot

Me quedé congelado al escuchar ese chirriar que tenía la puerta al abrirse. Un viento helado aulló cerca de mis oídos como si quisiera avisarme de un mal presagio. Y sencillamente entré.

Su jardín era extraño, no parecía muerto, pero tampoco vivo. Notaba como al son de mis pasos, las plantas se apartaban para no ser aplastadas o se inclinaban hacia mi como si me señalara. Un escalofrío inundó mi corazón en ese mismo instante. La sombra. Estaba ahí, mirándome, o eso creía yo, solo podía ver su silueta grabada en el sucio cristal.

Subí las escaleras hacía la casa y llame. Tenía la sensación de que si lo hacía demasiado fuerte la puerta se rompería, pero cuando la toqué parecía más resistente que las de las otras casas.

Cuando se abrió la puerta no me esperaba nadie dentro, llamé al viejo, pero la única respuesta que obtuve fue un eco sordo vestido de polvo y moho. Esperé un rato, incluso mire hacia atrás, mi amigo se había quedado en el jardín. Y cuando volví la mirada hacia la casa, apareció el hombre. Me dio un susto de muerte. Era un poco más bajo que yo, pero porque estaba muy encorvado, tenía una mirada de asco, como si odiase a todo ser vivo. Su cara estaba muy arrugada, y sus dedos eran huesudos, como los de un esqueleto. Me miró y se fue dentro de la casa.

Parecía que nos iba a dejar buscar la pelota. Pero por más que buscamos no estaba. Le preguntamos a los niños que si no nos habían mentido, pero su cara no parecía tener algún rastro de burla.

Pensé que tal vez el viejo la habría cogido, de veras no parecía sentir ninguna simpatía por las personas. Así que volví a llamar. La puerta se abrió pero él no estaba detrás de ella. Esta vez mi amigo me siguió. Grité preguntando por la pelota, pero como no obtuve ninguna respuesta decidí entrar a decirle al viejo cuatro cosas bien dichas. Porque una persona no puede ser tan desagradable con los demás, creo que fui muy amable con ese señor y con esos niños como para que en ese momento me fuesen a tomar el pelo. La ira me cegó, fue lo que me empujó a entrar. Cosa que lamentaría más tarde.

Me perdí entre las sombras, pero podía escuchar como mi amigo me llamaba, su voz sonaba asustada. Luego pasos. Había entrado a buscarme.

Debí de dar la vuelta en ese mismo momento. Debí gritarle donde estaba. Pero no lo hice, y no volví a saber nada de él durante un buen rato. A mi me parecieron años.




Segunda declaración de Richard Blair Aboot en el Tribunal Supremo de Madrid”

9.30 Am

Juez : Antonio Fernandez de Torres

Traductor: Ramón Espinosa

sábado, 25 de septiembre de 2010

Richard B. Aboot



La verdad es que no sabría por donde empezar. Hace mucho tiempo que intento no pensar en ello, y justo hoy aparece alguien que lo vio todo.

No sé si quiero saber cuál fue el verdadero final. Tampoco sé, si quiero ignorarlo más tiempo, ni si me merezco estar donde estoy. Me gustaría contaros la historia, pero tengo poco tiempo, muy poco tiempo. Así que seré breve.

Ocurrió justo dos días después de mi 18 cumpleaños, hacía un día lo suficientemente radiante como para pensar que nada saldría mal. Uno de esos días en los que crees que los deseos lejanos son más fáciles de cumplir. Pero claro, no todos los días radiantes son tan fantásticos, sobretodo si toda tu vida se ve reducida a un segundo. Y si depende de otra persona.

Mi amigo y yo no teníamos pensado festejar mi día, tampoco es que yo tuviese muchas ganas de hacerlo. Nunca me habían gustado mis cumpleaños.

Nos encontrábamos sentados en la acera de un barrio de chalets que tenían el jardín muy bien cuidado. Estaba lejos de la ciudad, un lugar donde la gente se iba a vivir cuando pensaban tener hijos. Tenía un toque americano. Solo una de las casas destacaba sobre las demás.

Eran todas de un tono blanco sucio con la puerta de madera, y un garaje al lado con un caminito de piedras bien recortadas, para no pisar el césped, que conducía a la puerta de la casa. Ninguna estaba vallada, era un lugar muy tranquilo y apacible como para que la gente desconfiase, además había vigilantes que ayudaban a que la armonía se mantuviese en pie. La única calle que separaba las casas y por donde pasaban los coches solía estar vacía, y en sus bordes estaba completamente lleno de enormes árboles que daban una sombra muy buena en verano. Como aquel día. Porque era verano.

Solo estaba esa casa que destacaba sobre las demás. Más alejada y de tono oscuro, casi negro, con la puerta de una madera gris y comida por el tiempo. Parecía que de un momento a otro se iba a partir en dos dejando al descubierto sus entrañas. El jardín de esa casa estaba completamente muerto, al igual que los árboles que estaban delante de ella. Como si allí no hubiese vida. Pero si que la había. A pesar de que nunca vimos salir a su dueño o dueña, si que percibíamos su sombra tras las ventanas. Muchas leyendas de ese barrio trataban de dicha casa. Pero solo eran leyendas. Yo pensaba que debía vivir un viejo cascarrabias y guarro, que no se preocupaba por nada.

Mi amigo y yo estuvimos sentados allí durante un largo tiempo. Al cavo de un rato llegaron unos niños de unos 7 u 8 años. Se les había colado una pelota en esa casa y tenían miedo de entrar. Me ofrecí a ayudarles.

Durante todo el trayecto hasta la casa mi amigo no paró de preguntarme si pensaba entrar. “Sólo es una casa vieja, además seguro que el viejo no es tan malo y se digna a dejarnos entrar para coger la pelota”, eso fue lo que le dije.

Cuando llegamos llamé. Los niños se quedaron atrás, muy atrás. Tenían miedo. Mi amigo vino conmigo, pero yo sabía que estaba un poco intranquilo y le ofrecí que se quedara con los chavales, pero se negó. No contestó nadie a la llamada aunque la sombra se dejó ver por la ventana. “Oiga, se nos ha colado una pelota, déjenos recogerla y no le molestaremos más”, grité, y aun así no se abrió la puerta.“Ese señor está tan podrido por dentro como su casa. No nos va a dejar pasar porque seguro está loco” susurré. Y entonces, como si la vida me quisiese ahogar en mi propia burla, se abrió la puerta.




Primera declaración de Richard Blair Aboot en el tribunal Supremo de Madrid.”

11.55 am 

Juez: Antonio Fernandez de Torres

Traductor: Ramón Espinosa


sábado, 18 de septiembre de 2010

Continuación III : Final


CUARTA PARTE:      Sara


Definitivamente Sara no podía más tenía que elegir,otra vez. Pero ahora si que lo iba a hacer bien.

Entonces, disimuladamente, por debajo de la mesa, tocó la mano de Sofía, con cariño, mucho cariño. Y la miró. Sofía aliviada le correspondió a la caricia.

Por fin lo había hecho bien. Quería estar con ella, no podía esconder algo tan obvio. Porque la quería, la hacía sentirse viva, feliz.




(Final)


viernes, 17 de septiembre de 2010

Continuación II


TERCERA PARTE:         Guillermo


Mirar el plato, mirar a Sara. Vio como que ella se levantaba para ir al baño, decidió seguirla fingiendo que le habían llamado al teléfono por trabajo.

Sabía que estaba nerviosa. Era por él, seguro que era por él. Se acercó a la puerta y escuchó. Silencio. Sólo silencio. Estaba nerviosa, era obvio.

Decidió llamar a la puerta, ella tardó un poco en abrir, pero lo hizo. Entonces se acercó a ella y la beso desenfrenadamente. Cerró la puerta tras él.

El sonido de un plato le sobresaltó. Había sido sólo producto de su imaginación. Pero ¿qué le pasaba?, estaba como loco por ella. Y era la única mujer que se le escapaba.

¡Pobre Sofía ! Tanto le engañaba su novio, y ella sin saber nada.


(Continuará)

jueves, 16 de septiembre de 2010

Continuación I


SEGUNDA PARTE:     Sara

Ya era el día. A Sara le sudaban las manos, lo notaba al colocarse el vestido. Estaba mirándose al espejo, preguntándose : cuál sería la cara con la que se mirarían después de todo ese tiempo.

Cuando sonó el timbre Sara notó como su corazón intentaba salírsele por la boca. Adrián fue a abrir la puerta, dejando pasar a sus amigos. Hablaron sobre un viaje recién hecho a Egipto. En ese momento apareció Sara. Adrián fue y la agarró de la cintura, sabía que era tímida pero no tanto. Sofía se lanzó a ella, abrazándola con tanta fuerza que casi la dejó sin respiración. Guillermo no la saludó. Mientras que Adrián y Sofía continuaban la conversación que habían comenzado, Guillermo miraba a Sara de una forma extraña, muy penetrante, como si quisiera saber algo. Ella se sintió un poco intimidada y noto calor en su cara, sabía que se estaba ruborizando, sólo deseaba que no notase su miedo.Finalmente él la dedico una leve sonrisa y le preguntó a Adrián:

-Bueno ¿qué, nos vamos a quedar aquí todo el día?
-No, no. Pasad al comedor, la cena ya estaba lista.- Le respondió Adrián mientras les dejaba pasar.
Los hombres fueron al comedor, pero Sofía hizo un ademán a Sara para que la siguiera a la cocina. Era obvio que algo pasaba, ella quería hablarle de algo.

Ya en la cocina Sara no se atrevía a mirarla a la cara. ¿Qué querría decirle?¿Qué pasaba? A pesar de todo se sentía aliviada de que la persona con la que tuviese que estar a solas fuese ella. Pero la curiosidad la invadía, menos mal que sabía ocultarlo.Sofía se acerco tanto a ella que creyó poder escuchar el correr de su sangre por las venas.

-¿Qué te pasa? ¿ Es que no te alegras de verme? A pasado mucho tiempo. Y yo no he olvidado nada. Es imposible olvidar algo así. Me atormenta. - Le susurro Sofía. Por un momento sintió que todo temblaba.- Tranquila, espero que no te importe que hayamos decidido venir, después de todo una amistad tan larga puede hacer frente a todo, incluso a esto. Quiero estar bien. Olvídalo ¿vale?. Nada pasó.- hubo un breve silencio- A no ser que tú desees lo contrario. Pero la decisión quiero que la escojas tú. Me lo tomaré bien, te lo prometo- Se alejó de ella y la miró a los ojos. Finalmente se fue al comedor , pero antes la dedico una sonrisa triste.

Sara se sentía tan cobarde. Ahora tenía que decidir. Al fin y al cavo todo podría haber continuado como un secreto, pero ¿por qué fue tan cobarde y dejarlo todo cuando en realidad era eso lo que la hacía sentirse tan viva?

En el comedor todo estaba muy tranquilo, se habían sentado en una mesa cuadrada : Adrián frente a Sofía y Guillermo frente a Sara. La velada transcurrió sin ningún inconveniente , hablaron de todos los viajes que habían hecho sus amigos. Sara se mantuvo callada todo el rato, pensativa. Guillermo no paraba de mirarla y eso la incomodaba un poco por lo que no dejó de mirar el plato. ¿ Por qué la miraba así, se habría dado cuenta de algo? ¿ Y si Sofía había hablado con él? ¿ Y si le había dicho lo mismo que ha ella?. Entonces decidió mirarle fijamente , creía que sus ojos le desvelarían la verdad. Él volvió a sonreirla de esa forma tan picaresca suya. Sara volvió al plato. No sabía qué le pasaba a Guillermo, ni qué sabía.


(continuará)

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LA DECISIÓN de SARA



PRIMERA PARTE:  SARA

       ¿Qué estaba haciendo? Ese no era su lugar, o al menos ella no se sentía a gusto allí. Siempre lo supo y jamás hizo nada por lo que de verdad deseaba. Y ahí estaba, fregando los platos, a la espera de un hombre, que tal vez pronto se convertiría en su marido. Él era bueno, un hombre tradicional, sin complejos y sin miedo a nada. Le daba su cariño, la quería. Confiaba en ella. Poseía esa vida que todas deseaban. Era lo normal, ¿no?. Pero.. ¿y lo que pasó? ¿ Qué debía hacer? ¿ Contarlo o no contarlo?.

       Seguramente lo perdería todo, o casi todo? Al fin y al cavo se acabaría enterando de una manera u otra. “ ¡Ay, qué tonterías dices Sara! Deja de decir tantas estupideces o acabaras en un manicomio. Esta es tu vida, el pasado no te puede perseguir para siempre. Así que olvídalo, ha pasado mucho tiempo.”
En ese mismo instante Adrián, su novio, entró por la puerta. Fue a besarla como siempre, pero ella se mostraba fría. Daba igual, él siempre la quiso y la iba a querer estuviese como estuviese, tampoco pensaba en martirizarla con preguntas que seguramente la harían sentir mal. Sólo la querría, como siempre.

   -¿Qué tal el trabajo?- Le preguntó ella.

   -Bastante bien, como siempre. Aun que hoy pasó algo distinto.  ¿Sabes quién me llamó? ¿Te acuerdas de Sofía y Guillermo? Hacía tanto tiempo que no sabía de ellos.- dijo él.

     A Sara casi se le rompe un vaso al escuchar esos dos nombres. ¿Qué iba a hacer? Todo era cierto, el pasado la perseguiría, seguro. Adrián se dirigió al cuarto para poder cambiarse. Y desde allí le grito lo que la hundiría un poco más en su propia tumba.

    -Me dijeron que vendrían a cenar. Será mañana. Verdad que es fantástico.

     En ese momento Sofía dejo de fregar. Se le había caído un plato. ¡ Ojalá él no se hubiese dado cuenta!. Al menos no había podido escuchar los latidos desbocados de su corazón. Iban a venir. Iba a venir. Se suponía que todo eso se iba a acabar. Era algo imposible.

     Sofía estuvo toda la noche sin pegar ojo. No sabía por cuanto tiempo eso la iba a perseguir. Decidió dejar pasar las horas, hasta que llegase la cena. De todas formas se le daba bien disimular. ¿Qué podía ir mal?


(continuará)