Me quedé congelado al escuchar ese chirriar que tenía la puerta al abrirse. Un viento helado aulló cerca de mis oídos como si quisiera avisarme de un mal presagio. Y sencillamente entré.
Su jardín era extraño, no parecía muerto, pero tampoco vivo. Notaba como al son de mis pasos, las plantas se apartaban para no ser aplastadas o se inclinaban hacia mi como si me señalara. Un escalofrío inundó mi corazón en ese mismo instante. La sombra. Estaba ahí, mirándome, o eso creía yo, solo podía ver su silueta grabada en el sucio cristal.Subí las escaleras hacía la casa y llame. Tenía la sensación de que si lo hacía demasiado fuerte la puerta se rompería, pero cuando la toqué parecía más resistente que las de las otras casas.
Cuando se abrió la puerta no me esperaba nadie dentro, llamé al viejo, pero la única respuesta que obtuve fue un eco sordo vestido de polvo y moho. Esperé un rato, incluso mire hacia atrás, mi amigo se había quedado en el jardín. Y cuando volví la mirada hacia la casa, apareció el hombre. Me dio un susto de muerte. Era un poco más bajo que yo, pero porque estaba muy encorvado, tenía una mirada de asco, como si odiase a todo ser vivo. Su cara estaba muy arrugada, y sus dedos eran huesudos, como los de un esqueleto. Me miró y se fue dentro de la casa.
Parecía que nos iba a dejar buscar la pelota. Pero por más que buscamos no estaba. Le preguntamos a los niños que si no nos habían mentido, pero su cara no parecía tener algún rastro de burla.
Pensé que tal vez el viejo la habría cogido, de veras no parecía sentir ninguna simpatía por las personas. Así que volví a llamar. La puerta se abrió pero él no estaba detrás de ella. Esta vez mi amigo me siguió. Grité preguntando por la pelota, pero como no obtuve ninguna respuesta decidí entrar a decirle al viejo cuatro cosas bien dichas. Porque una persona no puede ser tan desagradable con los demás, creo que fui muy amable con ese señor y con esos niños como para que en ese momento me fuesen a tomar el pelo. La ira me cegó, fue lo que me empujó a entrar. Cosa que lamentaría más tarde.
Me perdí entre las sombras, pero podía escuchar como mi amigo me llamaba, su voz sonaba asustada. Luego pasos. Había entrado a buscarme.
Debí de dar la vuelta en ese mismo momento. Debí gritarle donde estaba. Pero no lo hice, y no volví a saber nada de él durante un buen rato. A mi me parecieron años.
“ Segunda declaración de Richard Blair Aboot en el Tribunal Supremo de Madrid”
9.30 Am
Juez : Antonio Fernandez de Torres
Traductor: Ramón Espinosa